20.10.09

Las minas abandonadas de Alquife. Parte I

Ante todo mis disculpas por este par de meses sin dar señales de vida… Ya alguno decía por ahí que el blog iba a hacer honor a su nombre y quedarse abandonado.
Por suerte todo ha sido culpa de las consabidas vacaciones estivales y algunos cambios en el entorno laboral, que me han tenido más ocupado que de costumbre. Una vez aclarado esto…

Las minas de Alquife eran una espinita que tenía clavada prácticamente desde que empecé a hacer fotos de sitios abandonados. No sólo por el aspecto tan increíble que presentaban en la colaboración de Laura y Rubén hace ya bastante tiempo, sino también porque yo había estado en aquellas minas siendo niño, en una excursión del colegio.

Recordaba la maquinaria haciendo ruido, el ir y venir de camiones, y sobre todo el omnipresente polvo rojo del óxido de hierro que lo cubría todo y le daba un aspecto totalmente marciano. Recuerdo especialmente el autobús en el que viajamos, que no recuerdo de que color fue, pero sí que volvió de color granate oscuro, con las ventanillas prácticamente opacas. Hasta nos obligaron a sacudirnos los zapatos antes de subir al bus, con escasos resultados.

Según las últimas referencias que tenía gracias a Mr. Umpi, de Última-visita, actualmente había un guarda que impedía la entrada en el recinto. Desgraciadamente las cosas seguían así, de modo que el vigilante no nos dejó entrar en el poblado, por mucho que intentamos convencerle.

Así que decidimos echar un vistazo a los edificios fuera del perímetro de la mina.

A primera vista parecían algún tipo de horno de mineral por una enorme construcción circular de ladrillo con una chimenea. En los edificios aledaños encontramos poca cosa aparte de techos caídos y maleza por doquier.



Tanto las escaleras como el resto de la madera que se conservaba tenían un aspecto bastante endeble, por lo que desistimos de subir. Tampoco es que hubiera nada interesante en el piso superior, que se reducía a una plataforma de madera.
Abajo encontramos los típicos estantes que se suelen usar para guardar herramientas y piezas de repuesto.



El siguiente edificio al que fuimos resultó ser una especie de taller. Era una nave de buen tamaño y con bastante luz.



Lo que más llamaba la atención era una pequeña grúa en buen estado, aunque por el aspecto del asiento y del motor debía llevar mucho tiempo allí parada. En la foto anterior se ve al fondo.



Había varios bancos de trabajo adosados a las paredes, algunos con tuercas y otras piezas.



Me llamó especialmente la atención este cartel. Uno no sabe si tomárselo a chiste o si asustarse. ¿Qué clase de bromas habrían gastado por allí?



Los edificios aledaños eran pequeños almacenes con trastos viejos. El más interior tenía aún estas pequeñas piezas parecidas a muelles con sus etiquetas. Con la única luz que entraba por la puerta que daba a la nave fue bastante difícil tomar alguna foto allí. Para esta, en concreto, hicieron falta 30 segundos de exposición.



En el exterior había tres camiones en total. Uno de ellos parecía algún tipo de bomba para extraer agua. En la plataforma encontramos este viejo casco de cerveza Alhambra. Hace ya unos cuantos años que con los amigos nos dedicábamos a recoger montones como este de las obras para sacarnos unas cuantas pesetas.



Los otros dos parecían alguna especie de grúa o similar. El interior estaba basstante destartalado, pero desde fuera aún tenían buena pinta, a pesar del óxido y los cristales rotos.



El resto de edificios estaban prácticamente vacíos, excepto un pequeño almacén donde se guardaban diversas catas del terreno. Las catas se obtienen clavando una barrena hueca en la tierra, de modo que al extraerla quedan muestras de varios metros de tierra y roca, que sirve para localizar vetas de mineral, estudiar la dureza del suelo, etc.

El resultado eran estas cajas llenas de cilindros de piedra.



En otra habitación, con aspecto de taller de vehículos, encontré este viejo panel eléctrico, fabricado con piezas de cerámica y con un aspecto ligeramente robótico.
La pared donde estaba era blanca originariamente, pero el polvo rojo sobre el que os hablaba al principio le había dado ese tono rojizo que persistía por doquier.



Uno no puede salir de un abandono sin la típica foto de los servicios. Esta vez no iba a ser menos. Evidentemente, la diferencia con el resto de abandonos es, de nuevo, el color rojo que le daba un inquietante parecido con la sangre seca.



En breve (o no breve), la segunda parte del post.

Salu2!

4.8.09

La mina gótica de Cheratte

La había oído llamar “La mina gótica”, y la verdad es que vistas las fotos que se encuentran del lugar el apodo le venía que ni pintado.

La última exploración de este viaje estaba localizada en el pueblo de Cheratte. Adosada a la montaña de la que se extraía el carbón estaban las instalaciones de las minas de carbón Hasard, cerradas en 1977 tras más de 100 años de historia.

La entrada fue de antología. Empezamos rodeando el lugar e intentando entrar “por la parte trasera”, que resultó ser una ladera casi vertical y cubierta por la vegetación. Saltar la valla principal tampoco era una buena opción estando tanta gente y siendo una vía tan transitada. Vale, no era muy transitada, pero lo suficiente para ponernos nerviosos.

Habíamos oído hablar de un tal señor Gómez. Así que fuimos a preguntar por el “vigilante” en el bar de al lado. Nos miraron con cara rara y dijeron no saber nada.
Curiosamente, menos de media hora después apareció por allí un señor mayor que nos ofreció abrirnos la puerta por unos módicos 20€ en total. En principio hubo algunas reticencias y paranoias estilo “este vuelve con los matones del pueblo y nos despluman”, pero al final, al tener referencias previas del hombre aceptamos.

Los pisos inferiores tenían un aspecto realmente tétrico. Apenas llegaba la luz del día y teníamos que movernos usando las linternas. Con sólo un par de linternas para seis personas tampoco podíamos hacer muchas fotos. Sin embargo, tras subir a las plantas altas, a cielo abierto, empezó el espectáculo.



Esos que se ven arriba son los edificios principales. Albergaban los laboratorios, zonas de procesado del mineral, servicios y baños. Allí encontramos un par de bocas de mina.
No era muy aconsejable andar metiendo las narices por las galerías, ya que aún quedan bolsas de gas grisú (metano) altamente explosivo, así que apenas nos asomamos un puñado de metros por aquellas galerías tapizadas de restos de carbón y las vías de las vagonetas. Según nos enteramos más tarde, había más de 35 km de túneles horadando la montaña.

El interior de los edificios estaba bastante destruido, aunque aún quedaban detalle como estos ascensores para vagonetas, que conectaban la boca superior de la mina con la inferior, y esta con las vías de tren. Los ascensores estaban bloqueados en la planta superior con unas vigas de acero para evitar su caída. Aún así no había valor como para andar metiéndose en ellos.



Desde las ventanas rotas había una fantástica vista de la plaza central, hoy cubierta por la vegetación, y la enorme torre de ascensores.



La torre es uno de los aspectos más llamativos del lugar. Desde su parte superior, con un sistemas de poleas y cables de acero, bajaban y subían las vagonetas con el mineral a las zonas inferiores de la mina.

Los motores de los ascensores no se encontraba en la torre, sino que estaban situados en el edificio tras ella. A día de hoy las enormes ruedas de acero que enrollaban el cable y sus motores eléctricos han desaparecido, aunque aún puede observarse el “carenado” donde se encontraban.



Los cables subían en diagonal hasta la parte superior de la torre por fuera, donde mediante poleas accionaban los elevadores pensados para desplazar las enormes cargas de lignito.



Desde la plaza principal también se puede observar el puente ferroviario que cruza la carretera del pueblo, aunque las vías más allá del puente han desaparecido totalmente. En el puente se puede leer el nombre de la mina y el pueblo.



Cerca del puente del ferrocarril, y anexo a los edificios principales, se encontraba la zona de oficinas y equipamientos. Una sala grande con vallas para hacer cola daba paso a un enorme panel donde los trabajadores de la mina hacían sus fichas diarias. Hoy incluso se encuentra alguna de las viejas tarjetas de fichadas en su oxidado casillero.



Justo detrás se encontraban las estanterías donde se almacenaban y cargaban las baterías de los sistemas de iluminación eléctrica que usaban los mineros.



Luces no pudimos encontrar ninguna, pero sí que había aquí y allá boquillas respiradoras de goma, parecidas a los respiradores de los submarinistas, para filtrar los gases de la mina.




Cerca se encontraban una serie de oficinas y talleres, probablemente para el mantenimiento de los equipos de los mineros. Aún se podían ver papeles amarillentos y restos de equipo, como botas y similares.



Por desgracia no teníamos todo el tiempo que hubiéramos querido, y con la noche amenazando con caer tuvimos que dejar cosas sin ver, como la subida a la enorme torre. En su parte de abajo si encontramos los restos de un enorme ventilador usado probablemente para inyectar aire fresco en la mina. El hueco por el que descendían los enorme ascensores hoy está cegado, aunque no lo suficiente como para que un importante caudal de agua de lluvia formara un riachuelo que desaparecía entre las rocas.



Monsieur Gómez nos explicó que esta agua era precisamente uno de los motivos por los que no se había derribado definitivamente la mina. Al parecer los túneles habían formado un sistema de desagüe para toda la zona, y demoler y aplanar el lugar podía tener como consecuencia riadas. También nos comentó que una de sus tareas allí actualmente consistía en adentrarse en las partes superiores de los túneles y comprobar los niveles de agua. Nos contó que hace bastantes años (no recuerdo que fecha dijo) hubo una gran riada de agua saliendo por las bocas de la mina que inundó medio pueblo.




También nos estuvo contando que por allí aparecía bastante gente para hacer fotos y que abría la puerta con frecuencia. Incluso nos comentó, en un dialecto entre el francés, el español y su portugués materno, que allí se habían rodado incluso películas de “chucu chucu”. Al principio pensamos que tendría algo que ver con las vías de tren de la mina, pero con unos cuantos expresivos gestos acabamos por entender que se refería a películas porno.



En resumen resultó una visita de lo más interesante, tanto por la arquitectura como por los restos, a pesar de las pintadas y los destrozos. Lástima no haber dispuesto de más tiempo para pasear por las ruinas casi góticas de aquél lugar. Desde luego, a mi parecer, fueron unos 20 € de lo más aprovechados.



Tras despedirnos de Stewie, Daphee y Umpi, que se marcharon rumbo a Alemania, nosotros pusimos el GPS con destino a Amsterdam para disfrutar de un poco de “turismo convencional” :)



Enlaces:
Una vez más, forbidden places fue quien nos puso en la pista de la mina en este artículo . No os perdáis sus fotos de los motores y las tomadas desde lo alto de la torre.
Más fotos, aunque con texto en inglés, en Opacity y StahlArt.

10.7.09

Autobuses abandonados en Bélgica

Volviendo del abandono anterior empezó a llover con fuerza. Teníamos pendiente una visita un tanto especial, ya que más que un lugar abandonado se trataba de máquinas abandonadas.

La información que teníamos era un tanto vaga, y estábamos pendientes de que Umpi, de última-visita, viniera al día siguiente para ver el sitio, ya que él fue quien había conseguido toda la información del lugar. Aún así, con algo de luz y tiempo disponibles y nada mejor que hacer, decidimos echar un vistazo al lugar y hacer una visita “previa”.

Cuando llegamos caía agua realmente en serio. A primera vista teníamos una fábrica muy destrozada y pintada que en nada se parecía a las fotos que habíamos visto del lugar. Empezamos a echar un vistazo rápido para comprobar que allí no había nada que se pareciera a un autobús. Solamente había pintadas, goteras y escombros.

Se me ocurrió echar un vistazo a una nave cercana, para comprobar que, a pesar de estar en el mismo recinto sin separación física de la fábrica, la otra nave estaba en uso y cerrada. La exploración previa ya significó empezar a estar ligeramente pasado por agua y empezando a coleccionar barro en la ropa. Tras encontrar un camino de vuelta a donde estaba el resto del grupo que no implicase tanto barro y charcos volvimos en grupo para comprobar la nave.

Tras rodear la nave encontré una vieja barbacoa, un par de sillas y una puerta atrancada. Por suerte, la puerta no estaba cerrada con llave, así que tras un empujón pude asomar la cabeza en la nave. El primer vistazo me indicó que, tal y como parecía, el lugar no estaba abandonado. Herramientas, botes de pintura, y sobre todo un par de flamantes furgonetas blancas al fondo lo denotaban claramente. Al otro lado, como un enorme dinosaurio rojoanaranjado, y cubierto con una enorme funda de tela, estaba el primero de los autobuses que buscábamos. Tras dejar la puerta tal y como estaba me reuní con el resto del grupo.



A esas alturas de la tarde el cansancio acumulado del madrugón del aeropuerto, más el de los abandonos del día empezaba a pasar factura. Por suerte mi abrigo estaba resultando totalmente impermeable, al igual que las zapatillas de gore-tex, que demostraron valer su peso en oro a pesar de lluvia y charcos. Sin embargo los vaqueros eran otra cosa: estaban totalmente empapados. Con las cámaras en el coche, y el resto del grupo bastante pasado por agua, decidimos volver al día siguiente con Umpi, cámaras, y esperando algo menos de lluvia.

Tras la obligada visita al aeropuerto, recoger a Umpi y alquilar otro coche volvimos al lugar.

Si antes parecía que no estaba abandonado ahora no quedaba duda alguna: puertas abiertas, coches aparcados en el interior. Una empresa en pleno funcionamiento un lunes por la mañana. Por suerte una vez más las habilidades diplomáticas de Stewie nos proporcionaron acceso sin mayor problema.

Y allí estaban. Tal y como los vi el día anterior, un montón de viejos autobuses de línea, amontonados en el fondo de la nave.

La primera impresión era que llevaban allí una eternidad, tal era la capa de polvo que había sobre ellos. Mirando las fotos en la pantalla de la cámara parecía casi como si estuvieran tomadas en blanco y negro.



La gran mayoría de ellos eran viejos Vanhool sobre plataformas y motores Volvo, todos pintados en color anaranjado.





A pesar de coincidir en color y aspecto, un vistazo más detenido mostraba distintos detalles, como faros, espejos y demás, que los diferenciaban entre ellos.



La mayor parte de ellos parecían autobuses urbanos o de cercanías, con asientos un tanto espartanos y las típicas barras para que los pasajeros pudieran viajar de pie sin caerse.



En estos casos, los buses tenían un pequeño “mostrador” a la derecha del conductor para poder cobrar los billetes.



Al fondo de la nave, tras todos los autobuses, se amontonaban un buen montón de motores. Parece que, o bien los ahbían desmontado para repararlos, o bien eran motores de desguace para sustituir los originales. La mayor parte de los autobuses tenían el motor en la parte de atrás. En este se puede observar la trampilla en la parte trasera de la zona de pasajeros para acceder al motor.



Otros de los buses parecían haber servido para transporte escolar, por las señales en su parte trasera. Costaba imaginar que alguna vez estos bichos hubieran estado llenos de críos dando gritos y pegando mocos en los asientos.

En otros casos, el aspecto era más “actual”, dentro de lo antiguo, con asientos más cómodos y mullidos. Probablemente estaba pensado para rutas más largas que el resto.



El asiento del conductor estaba bastante estropeado, pero no tanto como parecía. Resultaba curioso el pequeño ventilador en el salpicadero, recuerdo de una época en la que el aire acondicionado en los autobuses era sólo un lujo al alcance de pocos.



Este, sin embargo, tenía el aspecto de ser el más antiguo de todos, por lo espartano de sus asientos.



El puesto de conducción estaba reducido a la mínima expresión, con apenas un puñado de botones y palanquitas asomando entre el polvo. En aquella época el concepto de ergonomía debía de ser un perfecto desconocido. Basta con fijarse en todo lo que debía inclinar la vista el conductor simplemente para leer los indicadores.



Otro de los buses más llamativos era este otro. Tenía aspecto antiguo y le faltaba el parachoques delantero, y tal vez el motor o la caja de cambios, por el vacío en la parte delantera. Era el único pintado en color crema.




La puerta del conductor de este se podía abrir sin problema. La verdad es que entrar por ella era un tanto difícil, sobre todo cargado con la cámara y el trípode.



Por la marca en el volante se podía saber que el autobús era de la marca “Büssen”, aunque no he encontrado ninguna referencia en la red a la marca.



De la marca que sí hay información es de la que fabricó este pequeño urbano pintado de amarillo: Jonckeere. El fabricante belga que empezó construyendo carruajes de caballos en 1881 y que sigue fabricando autobuses actualmente. Este en concreto es un modelo B59-55 que aún puede verse rodando en países de la Europa de este.



Otro autobús que llamaba la atención era uno grande y verde que estaba en una esquina. Desgraciadamente estaba tan pegado a la pared y al resto de autobuses que no había manera de hacerle una foto decente del exterior.
Lo curioso de este bus es que parecía ser un autobús-escuela para prácticas.

El interior estaba casi totalmente a oscuras, en parte por las cortinas echadas, y por lo encajonado que estaba. Esta foto tuve que hacerla “pintando con luz” con la linterna.



El puesto de conducción no estaba mucho más iluminado, tal era la cantidad de polvo que había en sus cristales.



Estuvimos unas cuantas horas paseando entre los autobuses, haciendo fotos sin parar, cada uno por su lado para no molestarnos en las tomas y comentando los detalles cuando nos cruzábamos entre los autobuses.



No nos enteramos del por qué de la presencia de todos aquellos autobuses al fondo de una nave industrial. La idea que sonaba más plausible es que el dueño fuera un coleccionista o algo parecido. Desde luego se hacía difícil pensar en que alguna vez fueran a volver a circular, pero quien sabe… Tal vez con una limpieza y una puesta a punto pudieran volver a dar guerra como clásicos o buses turísticos.




De cualquier manera, la visita fue una de esas de las que uno recuerda con el tiempo, y ni siquiera el chaparrón que nos cayó al salir de allí consiguió aguarnos la fiesta.

Enlaces:
En este caso tenéis un buen par de "versiones" de esta visita, a cual mejor:
- Fotos y texto en El depósito de autobuses, en Ultima Visita.
- Video en Bussen, de celatv.

1.7.09

Colegio abandonado en Bélgica

Vas por la autopista. De repente ves un edificio de aspecto gótico y oscuro en un lado…. “Parece abandonado”, dice alguien.
A la vuelta lo ves desde lejos. El conductor reduce un poco la velocidad…. “¡Ventana rota!¡Hay una ventana rota!”. El conductor toma la siguiente salida y tras dar un par de vueltas por los suburbios aledaños acabamos por dar con el edificio.



La segunda impresión confirma a la primera: está abandonado. Las pintadas en las puertas, algún cristal roto y, sobre todo, las tablas de madera cubriendo alguna ventana rota son características habituales de un abandono. Que el resto de las ventana estén intactas y que no se vean destrozos mayores indican que tiene todas las papeletas para ser un abandono “de los buenos”.

Los buenos abandonos tienen una pega muy gorda, y es que de algún modo están “protegidos”. Puede ser algo tan sencillo como tener todas las puertas y ventanas cerradas con llave, estar tapiados o tener vigilante. Como nunca forzamos la entrada esto suele ser un problema.

Una revisión rápida de perímetro nos permite comprobar que las puertas están cerradas, las ventanas demasiado altas para abrirlas y los muros en buen estado. Ojeando por las mirillas de las llaves y alguna grieta observamos que el interior está abandonado sin duda.

Los carteles en la fachada, en francés y alemán, nos llevan a pensar en un orfanato. Sobre todo al leer la palabra “Orfanarium”.

Nos llama la atención la entrada lateral del edificio… Antena de televisión, ventanas con visillos… ¡un perro! Por suerte viajamos con Mr. Stewie, reconocido relaciones públicas. Una llamada al timbre, un belga con aspecto de no estar muy ocupado y 3 minutos de conversación en francés nos abren las puertas del edificio.

Nos contó que más que un orfanato, el lugar era un colegio en régimen de internado para los hijos de los “batelliers” o fabricantes de barcos. Al parecer debía ser un negocio importante debido a la cantidad de canales que cruzan la zona, convirtiendo la vía fluvial en un factor importante en el transporte de mercancías y personas.

Nos contó también que el lugar se encontraba en obras para convertirlo en apartamentos. Las obras eran patentes en todo el edificio, y prácticamente no quedaba ningún suelo intacto, al haber quitado las losetas. Resultaba curioso ver como los materiales de obra se amontonaban junto a los dibujos que los niños habían dejado en las paredes.



En la planta baja se encontraban la mayor parte de las clases. Aún permanecían allí las enormes y antiguas pizarras de tres cuerpos con montones de inscripciones en tiza, auque probablemente posteriores al cierre de la escuela.



Las escaleras eran algunos de los elementos que mejor se conservaban. Por el aspecto diría que el nuevo proyecto de apartamentos pretendía mantenerlas en su estado actual, ya que se conservaban en buen estado y era una de las pocas áreas en las que las losetas del suelo permanecían en su lugar.



En las plantas superiores se encontraban los comedores y dormitorios, separados por sexos, según nos contó nuestro anfitrión. También había un par de enfermerías y algunas habitaciones para profesores y cuidadores.



En algunas de las ventanas aún permanecían pegados viejos recortes de papel coloreado por los críos, como es el caso de estas flores.



En los pisos superiores había algunas habitaciones grandes con techos acabados en pico. Una de ellas se usaba como pequeño cine. La pena es que había muy poca luz para hacer fotos, y la poca que había venía de pequeños ventanales, de modo que no había manera de hacer fotos decentes. Lo que más me llamó la atención fueron las viejas ventanas con marcos de madera y cierres metálicos.



Tras ver las plantas superiores nos bajamos a los patios.



Había un viejo teatro, aunque las obras lo habían dejado en bastante mal estado y estaba lleno de escombros y con poca cosa que ver.
En el exterior nuestro guía nos comentó que en las plantas inferiores estaban las cocinas y la lavandería, aunque una llamada inoportuna hizo que la visita se acabara de forma bastante repentina, así que sólo vimos la planta sótano por fuera.



Tras despedirnos nos dedicamos a hacer las fotos de rigor del exterior y alguna que otra de grupo. Lo curioso es que el encargado volvió mientras estabamos aún por allí y nos invitó a ver la “casa del director”.

No es un abandono en el sentido estricto, pero la verdad es que era curiosa, sobre todo teniendo en cuenta que aún no estaba reformada y que se mantenía en un excelente estado.



Habitaciones vacías y tres plantas. Lo que más miedo daba eran las escaleras a la buhardilla. Apenas cabía un pié en cada escalón. Al menos eran estrechas como para apoyarse en la pared…



En el desván aún se mantenían los depósitos de agua caliente, aunque por el estado y el óxido supongo que el nuevo propietario debería pensar en buscarse unos nuevos.



El baño tenía ese aspecto añejo de “casa de la abuela”. Sin embargo el estado de los sanitarios era impecable.



En resumen, un golpe de suerte de los buenos. Una auténtica pena no haber encontrado el sitio un año antes y haberlo visto sin todas esas obras empezadas. Aún así, los colegios abandonados siempre resultan emotivos, y más cuando aún encuentras los coloridos restos de los trabajos de los pequeños.

Enlaces:
La misma visita y más fotos, desde otro punto de vista, en Abandonado a su suerte.

20.5.09

Cementerio de locomotoras en Bélgica

Y volvemos a dar otra vuelta de tuerca al tema ferroviario. Esta vez se trata de unos viejos talleres donde antaño se realizaba el mantenimiento de las locomotoras diesel de los ferrocarriles belgas, y que hoy sirve como morada de un buen número de estas.

Tras el madrugón de rigor, que parece que vuelos baratos y a horas razonables son conceptos incompatibles, llegamos al pequeño aeropuerto de Charleroi, donde no estaban esperando Mr. Stewie y la Srta. Dafy, que habían llegado la víspera.

Unos cuantos km. de viaje nos llevaron hasta el aparcamiento de un supermercado bastante animado para lo temprano de la hora. Más sorprendente aún pensar que un sitio abandonado estuviera pegando casi pared con pared a casas habitadas, y que el sitio no estuviera hecho pedazos.

La primera sorpresa del día fue una enorme excavadora trabajando en la entrada principal levantando gran cantidad de tierra. Unas oficinas portátiles y un montón de coches aparcados detrás indicaban que el sitio no está tan abandonado como yo pensaba, lo que explicaría en buena parte que se mantenga en tan buen estado.

Un pequeño rodeo y una alambrada caída nos llevarían al interior de la enorme nave de color gris oscuro, que contrastaba como una herida mal curada entre la verde vegetación que la rodeaba. Techos altos, luz escasa y algunos escombros aquí y allá. Pocas pintadas y un viejo sofá tirado.
Como banda sonora, el ruido de la excavadora trabajando a unos pocos metros más allá de donde estábamos.



Justo al otro lado del primer muro apareció la primera de la muchas locomotoras que descansan allí. Grande, cuadrada, silenciosa y pintada en colores amarillo y verde, como el resto de sus compañeras.



Lo más impresionante es que tras ella, se encontraban una decena de hermanas gemelas, una tras otra, en una cola que llegaba a salir del edificio por una de las enormes puertas.




En aquel momento ya cada uno había ido por su lado y sólo nos encontrábamos de vez en cuando mientras hacíamos fotos a aquellos gigantes agazapados en las sombras.

El material ferroviario se encontraba en bastante buen estado, aunque algunas chapas mostraban heridas de óxido en su pintura y algunos faros rotos por desaprensivos, pero el aspecto en general era de que podrían volver a echar a andar sin demasiado problema.



Las cabinas estaban abiertas y se podía curiosear a placer. Resultaba sorprendente lo escuetos que resultaban los mandos para manejar algo tan grande y pesado. Curiosamente, la mayoría de los puestos de conducción habían perdido los asientos del maquinista.



En total distinguí tres modelos de máquinas. La más antigua parecía esta, de aspecto cuadrado y con la cabina situada en la parte trasera de la máquina. Su cabina es la que aparece en la imagen anterior.



El segundo modelo tenía un aspecto más moderno, con la cabina situada en el frente de la máquina y los faros en ángulo.




Curiosamente todas las unidades de este modelo estaban situadas en el exterior de la nave. En este caso encontré algunas máquinas con los puestos de conducción más o menos intactos, con su asiento en su lugar correspondiente.





El panel de mandos de estás máquinas era bastante más complejo que en la anteriores, aunque el número de mandos e indicadores distaba mucho de ser impresionante.





Lo que sí impresionaba era la enorme maquinaria encargada de generar, a partir del combustible diesel, la electricidad necesaria para mover los motores de las ruedas. Haber visto toda esta maquinaria en funcionamiento debía ser aún más impresionante.



El tercer modelo, de aspecto más actual, era este. No había más que unas pocas de este tipo.



Los motores tenían un aspecto mucho más “compacto”, sin tanto cable y tubos a la vista como en el modelo más antiguo.



En la zona exterior las máquinas se encontraban rodeadas de maleza hasta el punto de que resultaba difícil pasar de una vía a otra, o incluso andar junto a ellas.



Sin embargo, la zona de vías más vacía era la más limpia. Allí estaba esta larga fila de locomotoras del modelo más antiguo. Es posible que estas vías aún se usen de vez en cuando como aparcamiento de la terminal de carga situada cerca de estos talleres, y que aún está en funcionamiento.



De que estaba en funcionamiento me di cuenta cuando iba a hacer esta toma, ya que de repente empecé a ver bastante movimiento de gente y coches a pocos metros, tras lo que me di la vuelta discretamente y volví hacia la nave.



Aparte del hangar principal pocas cosas interesantes había. En dos de los lados del cuadrado había habitaciones, pero estaban totalmente vacías, excepto por unos servicios totalmente destrozados de los que apenas quedaba algún sanitario y un sótano con un par de calderas viejas, pero sin luz alguna. Lo único que me pareció interesante fue esta vieja pizarra donde tomarían notas sobre las reparaciones. La foto está tomada desde el hangar a través de lo que quedaba de la ventana, que era poco más que el agujero.




En la separación entre dos áreas del hangar había también una pequeña habitación acristalada, con algunas ventanillas. Probablemente fuera el despacho del jefe de taller, ya que desde sus cristales se podía observar la mayor parte de la zona de vías, siempre que alguna máquina no tapase la visión. Ahora la mayor parte de los cristales están rotos o prácticamente opacos por el polvo.



En cierto momento apareció por allí lo que parecía un operario, con mono de trabajo y un chaleco reflectante parecido al que es obligatorio tener en los coches. Cuando lo vi me escabullí discretamente entre las máquinas, pero Mr. Stewie, que aparte de hablar francés es una de esas personas capaces de venderle arena a un beduino se puso a hablar con él. Lejos de echarle la bronca estuvo un rato hablándole de los distintos modelos de locomotoras y sobre las obras. Al parecer el edificio (o las máquinas, que no quedó muy claro) lleva tiempo vendido, pero no se sabe cual va a ser su futuro.




También comentó que la mayoría de estas máquinas llegaron hasta donde hoy reposan usando sus propios motores, y que habían sido retiradas por “simples”. Al parecer los nuevos modelos están controlados totalmente por ordenador, de modo que estas viejas damas, dependientes totalmente de su conductor, quedaron obsoletas. Supongo que la eficiencia energética y el mantenimiento debió también de tener algo que ver en esto, ya que por muy caro que sea instalar un sistema informático en estos mastodontes no creo que lo sea más que construir otro desde cero.



No sabemos que les deparará el destino a estos dinosaurios de la vía. Esperemos que Chicago, Barracuda, Condor y sus compañeras sigan mucho tiempo como testigos del paso del tiempo.


Enlaces:
- Un post sobre el lugar del Sr. Umpi en Última Visita, que estuvo junto a Stewie en este lugar el año pasado. Resulta curioso ver que las locomotoras apenas han cambiado en un año, mientras que las habitaciones periféricas han perdido todo su mobiliario.
- Más antiguo, pero tanto o más interesante, otro post en castellano sobre el cementerio en Forbidden Places. Mr. Stewie dejó allí un comentario de lo más revelador sobre los modelos de locomotora.
- Más moderno, de hecho, tan moderno como que la visita es la misma que la mía, el post de Abandonado a su suerte. Lo más curioso es ver el mismo escenario, y a veces casi la misma foto, desde otro punto de vista.

Salu2!

16.4.09

La estación abandonada de Principe Pío

Curiosamente, la antigua estación del Norte sigue en uso con su propósito original: estación de ferrocarril. Algo venida a menos, porque de ella sólo parten trenes de corto recorrido, aunque a cambio también es estación de metro y autobuses y un enorme centro comercial. Sin embargo, una parte de ella, quizá la más impresionante, se encuentra hasta la fecha en desuso.

La estación fue construida en 1861 por la desaparecida Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España. En un principio sólo dio servicio a la línea Madrid-El Escorial, que iría ampliandose con el tiempo hasta Irún. Posteriormente, en 1882, se inauguraron las instalaciones destinadas a viajeros. Sin embargo, el edificio principal, perpendicular a los andenes, no se construyó hasta 1928.

Tras la Guerra Civil la estación fue reconstruida de los daños ocasionados por los combates, esta vez de mano de la nueva compañía ferroviaria estatal: RENFE. Funcionó como estación secundaria de Madrid, por detrás de la de Atocha, hasta la construcción de la nueva estación de Chamartín en 1967, que tomó el relevo para todas las líneas de larga distancia, quedando relegada a estación de cercanías.

En la década de los 90 la estación fue cerrada definitivamente para sufrir la importante remodelación que la convertiría en lo que se puede ver hoy en día.

Sin embargo, el edificio del extremo siguió en el mismo estado que antaño. Los planes de reutilización hablan de convertirlo en espacio para las artes escénicas, aunque a día de hoy sigue cerrado y sin uso.

Precisamente ese edificio sin uso fue el que visitamos hace ya más de dos años. Por aquel entonces Abandonalia apenas era un pequeño blog donde colgaba algunas fotos de sitios abandonados y que no interesaba a casi nadie. Tampoco conocía a mucha gente que ahora se dedica a esto, así que me apunté a una “quedada” de Flickr para ver la estación por dentro.

Lo más divertido es que de una quedada que se preveía concurrida, al final aparecimos en el lugar de reunión cuatro gatos. En realidad, ni siquiera éramos cuatro. Sólo eramos una chica que había conocido no hace mucho en mi visita al matadero de Villaviciosa y que con el tiempo se ha convertido en compañera de abandonos y amiga. Así que viendo el plantel (o plantón, según se vea) decidimos probar suerte a ver que pasaba.

Por cierto, que por aquellos días estrenaba la réflex que aún hoy utilizo, y ni siquiera tenía un triste trípode por aquellas fechas. Hasta tiraba en modo automático casi todo el tiempo, de modo que una gran parte de las fotos salieron mal, ya sea movidas por la falta de luz o algo desenfocadas. Sin embargo, las que se salvaron, siguen siendo algunas de mis favoritas.

Entrar fue lo más fácil del mundo. Bastó con poner cara de “yo me paso la vida por aquí” y tener la suerte de que al puerta de la torre izquierda estaba abierta de par en par.

Aun así, resultó bastante inquietante por la cantidad de coches allí aparcados y unas oficinas de esas tipo contenedor situadas en la puerta. Cuando pasamos nosotros no había ni dios a la vista, así que fuimos bordeando la valla derecha como quien va a un coche y entramos por la puerta grande. Literalmente. Al pie de la torre oeste había una puerta abierta que conducía a la zona nueva de la estación, hasta unas escaleras metálicas de aspecto moderno,

A la derecha quedaba el vestíbulo principal de la estación. Al fondo vimos a alguien recogiendo cosas del suelo, aunque por la distancia era difícil saber que hacía exactamente, aunque por el aspecto no era un trabajador ni nadie de quien preocuparse.



Aún así nos dedicamos a explorar el edificio este. Escaleras arriba se conservaba aún un viejo ascensor de madera en bastante buen estado, de esos que se instalaban en los huecos de escalera de las casas antiguas. También encontramos otro ascensor, pero este más moderno y encastrado en las paredes del edificio. Como el de cualquier casa actual, vamos.




La mayoría de las habitaciones de la zona estaban forradas de madera y estaban en bastante mal estado. Apenas quedaba mobiliario alguno.

En la zona superior encontramos el acceso al tejado de la nueva estación. La estructura metálica era la que sujeta los nuevos tejados del metro y el área comercial.



Resultaba curioso ver por las ventanas las calles bulliciosas desde este sitio tan tranquilo…

Justo antes de esta zona encontramos la escalera a la cúpula este. Llevaba a una curiosa habitación diáfana pintada de azul con una escalera de caracol.



En la habitación azul encontramos la maquinaria de los viejos ascensores.

También se podía acceder a las terrazas, aunque nos habían comentado que no era buena idea asomarse mucho por allí, por lo que apenas nos asomamos un poco.

La escalera de caracol llegaba a la zona de la cúpula, con un curioso entramado de vigas de metal que la sujetaban y mantenían firme.

Tras explorar el edificio este bajamos de nuevo al vestíbulo de la estación. Esta vez estaba desierto salvo por alguna paloma huidiza.

El aspecto del vestíbulo principal es impresionante. Un espacio diáfano mayor que un campo de fútbol, de casi 4 plantas de altura coronado por una de esas viejas cubiertas de estación tan bonitas.

La parte este de la estación parecía dedicada al transporte de mercancías.


Había dos enormes montacargas capaces de bajar hasta un coche de buen tamaño, y cuatro montacargas más pequeños, además de unas cuantas básculas de las que sólo una conservaba una parte destrozada de la esfera.



En esta zona también había una taquilla pequeña, con cuatro ventanillas recortadas en la rejilla,a modo de jaula.



En el interior encontramos una pequeña caja fuerte que había sido forzada de muy mala manera, probablemente con un soplete.



Separadas por una valla a la altura de los montacargas pequeños se encotraba la zona de pasajeros, con una gran taquilla, una caseta de información hoy repleta de escombros y las escaleras de acceso a los andenes.

Lo más sorprendente de este lugar es ver que era una isla de soledad en un mar de gente. A cada momento so podía oír el ruido de los trenes, las sirenas, los ruidos y pasos de la gente que seguían su vida al otro lado de las ventanas de esta estación fantasma. Asomarse por la ventana y ver la nueva estación de cercanías, tan luminosa y limpia, mientras alrededor sólo hay polvo y desolación es una sensación única.



Con el sonido de los trenes y la gente no hacía falta mucha imaginación para poblar ese vestíbulo con fantasmas en ropas antiguas, en vueltos en abrigos largos con sombreros y gorras, arrastrando pesadas maletas de piel y consultando su reloj de cadena para ver cuanto quedaba para la salida de su tren, mientras en el otro lado de la sala los estibadores ferroviarios cargaban y facturaban mercancías. Luego volvías a la realidad y te encontrabas con el polvo, las heces de las palomas, la que entra por las altas ventanas y el apagado sonido de tus pasos.

Desde el vestíbulo se podía acceder al edificio oeste, a través de una ventana con una malla metálica rota y cruzando un patio de luces.

En esta zona se encontraban las oficinas. También muchas habitaciones de madera. Varios separadores de habitaciones eran de cristal, pero estaban destrozados… Daba un poco de miedo pasar por debajo de esos cristales afilados….
Las vistas del vestíbulo de la estación desde este edificio también eran de lo más impresionante.



Esta zona estaba en bastante mejor estado de conservación que la primera, probablemente porque no se ha utilizado en las obras de la nueva estación. Aún se encontraban papeles aquí y allá, e incluso algunas cintas de vídeo tiradas en un rincón. Los armarios empotrados, vacíos excepto por el polvo, aún se conservan bastante bien, junto con algún mobiliario metálico polvoriento.



En esta zona vivía o había vivido gente recientemente. Encontramos una mesa con velas y restos de comida y bebida. Las pintadas de las paredes hablaban de una especie de comuna, pero era difícil saber si esa noche habían dormido allí o no.



En los pisos superiores encontramos aún más oficinas, y esta vez con armarios, mesas y sillas arrumbadas.



Subiendo un piso más llegamos a la cúpula de la torre oeste. En esta habitación encontramos una enorme cantidad de documentación de RENFE que aún sigue allí. Miles de carpetas con documentos en estanterías y tirados por todo el lugar. El más antiguo que encontré era de 1968. El papel viejo tirado por doquier y las altas estanterías metálicas deban a la habitación el aspecto de la biblioteca de un loco furioso.



También en esta zona encontramos la maquinaria de los ascensores, aunque en este caso estaba mucho mejor conservada. Incluso había una lata de grasa por allí.

Una vez de vuelta en el vestíbulo nos aventuramos por las escaleras que comunicaban con los andenes. Había dos enormes ascensores varados para siempre en el fondo. Las escaleras tenían un aire elegante y majestuoso a pesar del tiempo, y el mármol y los azulejos que las decoraban aún aguantan el paso del tiempo.



Al final del primer tramo, a través de una ventana pudimos ver un enorme espacio vacío y oscuro. A una altura de unas dos o tres plantas más abajo se podía ver lo que parecía un tragaluz o algo parecido. En sus bordes se podía ver luz, por lo que pienso que debajo puede haber túneles o la estación del metro. El sitio parecía una enorme cueva artificial. Por cierto, que bendita linterna, que me permitió observar cada rincón

Más abajo estaban el acceso a los andenes, hoy tapiados. Al otro lado se encontraba la estación de cercanías hoy en uso.

A un lado de las escaleras principales alguien había tirado una pared de ladrillo de aspecto reciente. Al otro lado, en la más absoluta oscuridad, unas viejas escaleras que daban a un acceso tapiado y lleno de letreros viejos, muebles y polvo. Un almacén de deshechos. No había nada demasiado antiguo, sino que parece que usaron el lugar para quitar de en medio cosas de la nueva estación.

Encontramos otras dos escaleras, una dentro de las taquillas que llevaba a un par de habitaciones con una caja fuerte, un par de taquillas y unos viejos teléfonos, además de la basura habitual.

La otra, junto a los montacargas de los que hablaba al principio, llevaba a un muro tapiado tras bajar un par de pisos. Como cosa curiosa, encontramos un carrito de aluminio como los que se usan para llevar las cajas grandes de herramientas y unas cizallas de tamaño mediano nuevas… A saber que hacían allí.

Después de aquello tiramos para fuera y fin de la excursión. Al salir había un par de personas cargando una furgoneta… Nos miraron con cara rara (o al menos eso me pareció ver de reojo, aunque pudo ser paranoia), pero no dijeron nada.

Y esa fue toda la historia… Con que os haya gustado una décima parte de lo que a mi meterme en ese lugar varado en el tiempo me doy por satisfecho.

Enlaces:

- Google maps ofrece en Madrid su aplicación Street View, que nos permite hacer un recorrido virtual por las calles adyacentes a la estación.

- En la Wikipedia hay un completo artículo sobre la estación que he usado como referencia para la introducción histórica.

- Un artículo bastante completo sobre la estación, que incluye algunas fotos antiguas de la estación.


Salu2!

24.3.09

EQ7. Clinica abandonada Val de Juine

La última visita que realizamos fue a la abandonada clínica de Val de Juine. Para ser un lugar abandonado en 2006 los estragos han sido numerosos, especialmente cuando comparas el sitio tal y como está ahora con las fotos del lugar al poco de ser abandonado.

Al parecer, la clínica, construida en los años 60, sufrió problemas económicos hasta su cierre definitivo en 2006. Los esfuerzos de los vecinos para mantener el centro de salud operativo no fueron demasiado efectivos, desgraciadamente.

Desde el exterior, el edificio no parecía en muy al estado, aunque las ventanas tapiadas no auguraban una entrada fácil. Por suerte, y como otras veces, nuestra avanzadilla había encontrado un acceso relativamente sencillo días antes.



La exploración de la mitad de la planta baja fue bastante corta. En principio apenas vimos nada interesante. Las puertas de los ascensores estaban abiertas, con el hueco a la vista y los ascensores varias plantas más arriba. Había bastante basura por todas partes, aunque bastante menos que lo que suele ser habitual.



En la entrada, hoy tapiada, se podía ver aún el cartel con los distintos servicios y especialidades, con los nombres de los doctores encargados de cada uno.



También la típica sala de calderas, en la que sólo quedaba basura, los tubos que conectaron las desaparecidas calderas con el exterior y la imprescindible silla abandonada.



Tras estar un rato haciendo fotos y curioseando, le comenté a Stewie que había encontrado una puerta cerrada, con una ventana rota con un tablón puesto desde el interior. No se le ocurrió otra cosa que empujarlo un poco…. Haciéndolo caer. Inmediatamente oímos un sonoro “OUF”, seguido de lagunas palabras que no entendí. Tras un “Pegdon muá, mesié” salimos por patas al segundo piso, tras convencer por la vía rápida a Dafy de que dejara de hacer fotos primero y preguntase después…
Desde entonces tenemos una regla nueva: no tirar nada encima de la gente que duerme en los abandonos.

Como parecía que el inquilino no tenía intención de seguirnos al piso de arriba nosotros seguimos a lo nuestro. Echamos un vistazo rápido a la primera planta y tras cuatro fotos rápidas decidimos empezar por los pisos superiores, por si el tipo aquel decidía asomarse al primera piso.

Las segunda y tercera planta eran prácticamente iguales. Un largo pasillo con habitaciones a los lados. La mayor parte de ellas totalmente vacías y con las puertas quitadas. En algunas de ellas encontramos todas las puertas amontonadas. El resto, apenas algún resto de su uso original.

Como excepción, una de ellas encontramos lo que quedaba de una cama de hospital. Se ve que se quedó encajada al intentar sacarla sin desmontarla y allí se quedó.



En cuanto al resto, lo único interesante eran algunas salas distintas, que debieron ser usadas por el personal de enfermería para pequeñas curas, limpieza y almacenamiento de material sanitario. En una de ellas encontramos una vieja postal de alguien que estuvo ingresado o trabajando allí, y daba recuerdos a médicos y enfermeras.



En algunas de las habitaciones, especialmente en la última planta, encontramos restos de comida, ropa y demás basura, probablemente de varios okupas. Me llamó la atención que había un montón de botellas de plástico llenas de un liquido entre rojizo y marrón de aspecto desagradable, almacenadas en distintos sitios.

Tras terminar de recorrer las plantas superiores volvimos a la primera, donde estaba la parte más interesante del edificio: la zona de quirófanos y rayos X.

De la máquina de rayos X apenas quedaba nada, por suerte o por desgracia. De haber estado entera hubiera sido un espectáculo, aunque tal y como estaba, mejor que no hubiera nada. Habíamos leído que la fuente radiactiva de la máquina aún andaba por allí, así que el que se divirtió haciéndola pedazos debió llevarse una buena dosis de radiación en el proceso. Aunque no parecía que hubiera nada peligroso por allí, apenas estuve lo justo para hacer un par de fotos.



La zona de los quirófanos lo único que tenía de estéril a esas alturas era el cartel sobre la puerta. Había cuatro quirófanos, aunque habían sido desmontados por completo.



De las enormes lámparas de quirófano apenas quedaba la base de metal en el techo que sirve para engancharlas. Habíamos leído que antes aún se podía encontrar material médico por allí, aunque nosotros no vimos más que algunos tubos aquí y allá, además de algunas radiografías.



En otra habitación, justo enfrente de la sala de rayos X, encontré esta cuna en una habitación por lo demás totalmente vacía.



Posteriormente decidimos volver a bajar a la planta baja a terminar de revisarla. Una vez allí, escuchamos a nuestro “amigo” cantando. Eso significaba que debía estar sólo y que no estaba especialmente de mal humor por nuestra “visita”. Curiosamente, tenía una voz de barítono bastante agradable.

La parte norte de la planta baja era aún más oscura que la otra, en parte por las ventanas tapiadas, y en parte porque la mayor parte de las puestas estaban cerradas. Suerte que andábamos con linternas, como es habitual, porque el aspecto del sitio era bastante oscuro.



Encontramos un par de almacenes llenos de trastos variados, junto a lo que pudo ser una pequeña lavandería. Lo que más nos llamó la atención fue una pequeña habitación con un diván.



Si nadie había cambiado la maquinaria de sitio, el lugar se usaba para realizar ecografías. La máquina estaba bastante destrozada, pero aún se podía leer para lo que servía. También encontré una vieja bata azul en el armario de la habitación, que daba bastante juego a pesar de que la ventana tapiada apenas dejaba pasar la luz.



Justo cuando estaba terminando tomar esa foto Stewie me llamó. Nuestro amigo había acabado de cantar y se había presentado. Era un hombre de unos 40 años, con el pelo largo y una poblada barba. No parecía especialmente agresivo y decididamente no estaba acompañado. Estuvo un rato hablando en francés durante un rato, aunque no entendí mucho de lo que decía. Stewie, que es el único que habla francés, le contestaba con frases cortas, nos miraba y ponía cara de no estar enterándose de nada. Tras un rato nos despedimos y salimos por donde habíamos venido.

Una vez fuera, resultó que Stewie sí que le entendía más o menos bien, pero que decidió “hacerse el sueco”. Al parecer, el tipo quería cobrarnos por la visita, unos 3 ó 4 € por persona o algo similar. También le comentó que su abrigo parecía muy calentito.

Estuvimos haciendo un par de fotos del edificio por fuera antes de irnos finalmente. Sin embargo, antes de terminar de salir nuestro amigo volvió a aparecer. Debía tener un acceso más sencillo que el nuestro y volvió a comentar algo más acerca de que no quería que la policía viniera a su casa o algo así. Pusimos cara de “no entiendo nada” y acabamos por irnos.



Como veis, siempre es buena idea meterse en estos sitios acompañado, por lo que pudiera haber. Normalmente los encuentros suelen ser tranquilos, porque quienes viven allí tienen más que perder (su “casa”) que tu, pero nunca se sabe.

Y con este post queda finalizada la crónica de la EQ7. Todavía tengo cosillas por ahí que publicar, algunas viejas, otras nuevas... Y en breve volvemos a salir a "los alrededores", esta vez a Bélgica, paraíso del abandono. Permanezcan atentos a sus navegadores.